La vida siempre nos depara diferentes sorpresas, oportunidades, retos y nuevas experiencias. Depende de nosotros si las dejamos ir o las tomamos, pues regularmente se presentan una vez.
Fui un niño intrépido y temerario, me gustaban las aventuras, el peligro y los retos extremos.
A los 9 años aprendí a montar a caballo, pero no me conformé con galopar y entonces practiqué y logré ponerme de pie en el lomo de El Amigo, mi corcel, en pleno trote.
Me divertía subir caminando a los cerros que estaban cerca de mi casa, llegar a la cima y bajarlos corriendo, pues era sumamente emocionante guardar el equilibrio y no caer rodando. Me gustaba torear borregos y becerros, trepar árboles y bardas, esquiar en el mar y subir a mi motocicleta tipo motocross.
Cuando practicaba natación me subía al trampolín de cinco metros y me lanzaba. Después aprendí deportes de contacto, como judo y karate, y terminé por convertirme en luchador profesional.
Cuando todo esto sucedió, mi sabio padre me dijo que si pensaba dedicarme a la lucha libre como mi profesión debía cuidar mi cuerpo y no exponerme a sufrir una lesión o fractura sólo por diversión.
Así que dejé a un lado el esquí acuático, el motociclismo y todo aquello que fuera peligroso. Obviamente la lucha libre también me llenaba de adrenalina, pero era mi profesión y mi forma de vida.
Por esa razón jamás me he lanzado en paracaídas, ni he volado en un parapente y mucho menos me he lanzado de un bungee, ya que estas actividades implican un alto riesgo.
Sin embargo, el sábado anterior viví una experiencia increíble: fui invitado al Festival Internacional del Globo (FIG) que organiza desde hace 16 años la inquieta y visionaria Escandra Salim.
Ella inició este evento con 10 globos y hoy ha logrado que participen en la bella ciudad de León, Guanajuato, 200 artefactos provenientes de 23 países como Estados Unidos, Canadá, Brasil, España, Alemania, Holanda, Bélgica, Francia, Italia, Reino Unido, Suiza, Suecia, Ucrania, Rusia, Lituania, Japón y México.
En este tiempo ha logrado reunir dos mil 100 globos, así como más de 4.5 millones de visitantes de todo el país y el extranjero, convirtiendo el evento en una de las principales atracciones turísticas del Bajío.
Ya estando ahí no había marcha atrás, sabía que estaba en manos de experimentados pilotos y más aún en las manos de Dios y no sucedería ningún accidente, así que por primera vez en mi vida volé en un globo aerostático.
Me sentía sumamente excitado, más no nervioso, pues tenía plena confianza de que sería algo divertido y seguro. El globo empezó a ascender como lo hace un helicóptero, con la enorme diferencia de la velocidad, del ruido y de que no vas con un cinturón de seguridad.
Literalmente vuelas al aire libre, pues el viento toca tu piel al no ir en una cabina.
El piloto, mi hija y yo, ascendimos a 800 pies de altura, que son aproximadamente 245 metros, y disfrutamos de una maravillosa vista. En el cielo azul, muchos otros globos multicolores volaban a nuestro alrededor y afortunadamente para todos el clima era ideal, pues no había ráfagas de viento ni nubosidad. Gracias a eso logré tomar fotografías y video con mi celular.
Después fuimos descendimos de manera lenta y aterrizamos suavemente en un hermoso campo de golf.
Felicidades y muchas gracias al FIG León por su excelente organización y llevar en alto en nombre de México. En especial a la directora y responsable de este magno evento, mi estimada Escandra Salim, por invitarme a vivir esta inolvidable experiencia.
Nos leemos la próxima semana, para que hablemos sin máscaras.