Elizabeth tiene 33 años y cumple una condena de . Lleva un mes en prisión y, aunque ha dejado de consumir drogas, sufre por no haber podido contactar a su familia. No recuerda sus números telefónicos y no tiene quien pague la multa de 8 mil 700 pesos, que le permitiría obtener su libertad anticipada.

Su historia está marcada por la. Fue criada por su abuelo después de que su madre la entregara, quien nunca le creyó cuando denunció los abusos de su padrastro y su tío. Desde niña sufrió maltrato extremo: la quemaban, la golpeaban con machetes y la dejaban sin comer.

Con el tiempo, repitió el ciclo de violencia en su propia familia. Se casó y tuvo hijas, pero cayó en el consumo de cristal y comenzó a descuidarlas. Su esposo, pescador, la golpeaba cuando utilizaba el dinero del hogar para drogarse. Finalmente, se separaron.

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En su desesperación, encontró refugio con un vecino involucrado en la delincuencia. Primero trabajó haciendo la limpieza de su casa, pero después él le ofreció ser mula. Necesitaba dinero y aceptó. No preguntaba qué transportaba ni para quién. Con el tiempo, se involucró más en el mundo criminal.

Fue secuestrada durante 15 días, pero en lugar de eliminarla, sus captores la utilizaron. Le proporcionaron droga y dinero; le ofrecieron trabajar para ellos como su “boleto de salida”. No podía irse, ni siquiera a buscar a sus hijas. “No eres libre de tiempo ni de decisiones”, dice.

Presenció asesinatos de personas cercanas. Perdió amigas. Su hija mayor se fue a vivir con su novio y desconoce su paradero. “Si supieran que estoy viva, ya me habrían encontrado”, asegura. Cuando fue detenida, portaba un arma que le habían entregado para protegerse. Según las autoridades, tenía sus huellas dactilares y había sido utilizada en un homicidio.

Hoy, Eli enfrenta las consecuencias de sus acciones en una celda. Reconoce sus errores, que la fiesta y las malas decisiones la alejaron de sus hijas. Le pesa más no haberlas valorado cuando estaban cerca, que la condena que cumple. “Soportaría todo esto si supiera que ellas están enteradas de que estoy viva”, dice con lágrimas. La cárcel la ha hecho reflexionar sobre la amistad, la soledad y el verdadero valor de la vida. Pero el dolor persiste.

No busca justificar su historia, solo narrarla. La violencia y la criminalidad en su entorno la atraparon desde niña, y cuando quiso salir, ya era demasiado tarde. Ahora, su única esperanza es volver a ver a sus hijas y pedirles perdón. Pero sin apoyo, sin recursos económicos y sin contacto con su familia, su futuro es incierto. Lo único que sabe con certeza es que sigue con vida.

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