David es un hombre que hoy cumple una condena de 123 años por secuestro con violencia. Su caso, como muchos en el sistema penitenciario mexicano, está marcado por decisiones personales, ambición desmedida y un entorno legal que, según él,

Desde joven, David se sintió atraído por el poder y el dinero. Aunque tenía un trabajo estable como instalador de sistemas contra incendios, eligió un camino diferente. Comenzó con robo hormiga y, a los 15 años, se involucró en el robo de vehículos, primero sin violencia y después con uso de armas y técnicas como “cerrones”. Mientras menos violencia, menos años”, pensaba.

A pesar de su vida delictiva, su familia desconocía sus crímenes. Cuando fue detenido por primera vez, hubo enojo, pero no lo abandonaron. Tras recuperar la libertad, permaneció en la legalidad durante dos años.“Lo hice por miedo y por no perder ”, afirma. Pero ese miedo desapareció y volvió al crimen. Su ambición lo llevó a cometer un secuestro.

Lee también:

Según su testimonio, un amigo lo convenció de participar en el secuestro de un familiar, prometiéndole una ganancia importante. Una mujer, usada como señuelo, drogó a la víctima, quien fue llevada a una casa de seguridad. Durante cinco días, David negoció el rescate: pidió cinco millones de pesos y recibió dos. Asegura que no hubo violencia física y que incluso pidió comida por app para la víctima. Esto último fue confirmado por la persona secuestrada. Aun así, la fiscalía lo acusó de secuestro con violencia y recibió la pena máxima.

David no niega el delito. Reconoce su responsabilidad y acepta estar en prisión, pero cuestiona la severidad de la condena y cómo se construyó el caso en su contra. Denuncia que las pruebas no fueron certificadas por peritos y que hubo fabricación de evidencias por parte de las autoridades.“Yo acepto el delito, pero no con la violencia que me están imputando”, declara.

Su relato es contradictorio. Por un lado, muestra empatía por la víctima, asegurando que se sintió mal al escuchar su testimonio. Recuerda también a un primo que fue secuestrado y liberado con daño neurológico y la pérdida de una mano.Por otro lado, dice que tuvo que “bloquear emociones” para continuar con el crimen. “Ya no podía echarme para atrás”, asegura.

Hoy, David enfrenta su encierro con resignación. Tiene hijos pequeños, algunos que ya no lo visitan y otros que aún lo ven. Afirma que en unos años buscará reabrir su caso legalmente, convencido de que merece una revisión justa.Mientras tanto, repite una frase que revela la crudeza del sistema:“Sale más barato matar a una persona que secuestrar”.

La historia de David, condenado a 123 años por secuestro con violencia, es una más entre miles que reflejan no solo el camino hacia el crimen, sino también la complejidad del castigo, el arrepentimiento y la esperanza dentro de un sistema penitenciario mexicano fracturado.

Google News

TEMAS RELACIONADOS